El jefe, con voz de trueno, gritó:

—¡Viriato, maldito Viriato!... ¿Dónde se ha metido ese condenado?

Sorprendiome el nombre de la persona llamada, que era el ayudante de D. Vicente Sardina.

El amo de la casa apareció riendo, y dijo a nuestro jefe:

—El Sr. Viriato está cortejando a las mozas del pueblo.

—Ya le ajustaré las cuentas a mi ayudante —dijo D. Vicente—, por no estar aquí cuando le llamo. Hágame usted el favor, tío Bartolomé, de llamar al Sr. Santurrias, que creo está en la caballeriza.

Apareció al poco rato, soñoliento y malhumorado, el famoso personaje a quien la historia conoce con el nombre de Santurrias, y al punto reconocí su abominable efigie. Era el mismísimo acólito de D. Celestino del Malvar; el mismo rostro que no indicaba ni juventud ni vejez; la misma boca, cuyo despliegue no puedo comparar sino a la abertura de una gorra de cuartel cuando no está en la cabeza; la misma doble fila de dientes; la misma expresión de desvergüenza y descaro.

—A ver, Sr. D. Gorito Santurrias, ¿qué tienes que decirme de tu espionaje? ¿Qué lugares has recorrido y qué has visto?

—Mi general —dijo Santurrias respetuosamente—, anteayer, al filo de mediodía, entré en Robledarcas pidiendo limosna. Llevaba la pierna pintada al modo de llaga y un niño de pechos en brazos. El niño era el que recogimos en Honrubia cuando los franceses pegaron fuego al lugar matando a todos sus habitantes.

—Bien: ¿y dónde viste al enemigo?