Para que fuera más singular y extraño aquel guerrillero, cuya facha no podía mirarse sin espanto, vestía la sotana que llevaba cuando echó las llaves de la parroquia el 3 de junio en 1808, y de un grueso cinto de cuero sin curtir pendían dos pistolas y el largo sable. Abierta la sotana desde la cintura, dejaba ver sus fornidas piernas, cubiertas de un calzón de ante en muy mal uso, y los pies calzados con botas monumentales, de cuyo estado no podía formarse idea mientras no desapareciesen las sucesivas capas de fango terciario y cuaternario que en ellas habían depositado el tiempo y el país. Su sombrero era la gorra peluda y estrecha que usan los paletos de tierra de Madrid, el cual se encajaba sobre el cráneo, adaptado a un pañuelo de color imposible de definir y que le daba varias vueltas de sien a sien.

Después que estiró brazos y piernas, dio dos puñetazos en la mesa y dijo con voz temerosa:

—El que quiera dormir, que duerma. Yo me voy en busca del general Gui. ¡Mal cuerno!

D. Vicente Sardina, risueño primero, mas luego atemorizado ante la ruidosa energía de su segundo, quiso contemporizar con él y dijo:

—Bueno, mosén Antón. Celebraremos consejo de guerra. Señores oficiales, ¿qué opinan ustedes?

Sin vacilar dijimos mi compañero y yo que convenía seguir el dictamen de mosén Antón.

—Pues yo —dijo Sardina bostezando de nuevo y haciendo la señal de la cruz sobre la boca—, creo que si marchamos esta noche, no encontraremos ni sombra de franceses. ¿Cómo es posible, señores, que la división de Gui se corriera por el lado allá del Henares?... Vamos, que ni mosén Antón con todo su talento militar, tan grande como el de Epaminondas, me lo hará creer.

—Sr. D. Vicente —dijo el clérigo asiendo la solapa del uniforme de Sardina—, yo me voy con los que me quieran seguir.

—Poco a poco, despacito. Sepamos en qué se funda el señor pastor Curiambro para creer...

—Que vengan los espías.