Nuevamente tuvimos que exponer mi compañero y yo los distintos encuentros en que habíamos tenido el honor de hallarnos; pero Trijueque, refiriéndonos en pocas palabras sus proezas, desde el primer sitio de Zaragoza hasta la acción del Tremedal, nos cerró la boca y abatió nuestro orgullo.

—Aquí —nos dijo al concluir su poema heroico— espera a ustedes una vida distinta. Aquí no hay descanso; aquí se come lo que se encuentra, y se descabeza un sueño con el dedo puesto en el gatillo, dormido un ojo, despierto y vigilante el otro. Además, el que no tenga buenas piernas, que se marche a su casa, porque aquí no se corre, se vuela.

Mientras el jefe de Estado Mayor general decía esto, D. Vicente Sardina estiraba los brazos y echaba la cabeza hacia atrás, no con intento de remedar a Jesucristo en la cruz, sino por lo que llaman desperezarse, lo cual advertido por el fiero clerizonte, inspiró a este las siguientes palabras, que en ejércitos de otra clase no hubieran sido dirigidas a un jefe por un subalterno:

—Sr. D. Vicente, ¿hay pereza? Bien: iré yo solo en busca de Gui con la gente y las cuatro compañías. Somos cuatrocientos hombres y trescientos soldados. Adelante. Cogeremos al general Gui y se lo presentaremos a Juan Martín.

—Amigo Antón —dijo el general riendo—, no puede uno ni abrir la boca para un condenado bostezo delante de usted... Y gracias que me ha dejado poner un puntal al estómago... ¡Maldito cura! Pero ¿olvida usted que va para tres noches que no hemos dormido? Vamos, que digan las señoras si hay cuerpo que resista a tan larga velada, aunque sea el cuerpo de D. Vicente Sardina el de Valdeaveruelo...

Mosén Antón miró al jefe de la partida con expresión de lástima, y luego, arqueando las cejas más negras que ala de cuervo, alargando el hocico y cerrando el puño, se expresó de esta manera:

—¡Dormir, dormir cuando los franceses han quemado nuestras casas y asesinado a nuestros padres y deshonrado a nuestras mujeres!... sí, señor, a nuestras mujeres.

Sardina reía y nosotros también; pero Trijueque, imponiéndonos silencio con su habitual imperioso gesto, prosiguió así:

—Me gustan estos señoriticos que no piensan más que en dormir. ¿Por qué el Sr. Sardina no lleva consigo en campaña un colchón de pluma o canapé de rasos y holandas para echar la siesta? Buenos soldados tiene la patria, buenos, sí... como que se tumban, cuando el enemigo, ocultándose en las sombras de la noche, intenta sorprendernos. Es preciso que los curas echen la llave a la parroquia, se la guarden en el bolsillo, y cogiendo una escopeta, un sable y dos pistolas, corran al campo a enseñar a los patriotas su deber. Aquí estoy yo que no duermo, no, Sr. D. Vicente, no duermo —al decir esto, los ojos negros que despedían pasajeros reflejos como una noche de tempestad, parecían querer salírsele de las sanguinolentas órbitas— porque no puedo dormir, aunque quisiera... porque si cierro los párpados, dentro de ellos veo al general Gui, y al general Hugo, y al general Belliard con sus manadas de gabachos. Cuando de tarde en tarde me arrojo en el suelo, procurando dar descanso a mi cuerpo, los caminos, las veredas, las trochas, los atajos, los montes, los cerros, los ríos y los arroyos se me meten en la cabeza, y todo se me vuelve pensar si iremos por allí, si pasaremos por allá, si les encontraremos por acullá... Aquí está un hombre que no tiene más descanso que inclinar la cabeza sobre el pecho y amodorrarse un poco con el paso del caballo, que es más suave que una litera llevada por buenos jayanes... ¡Dormir! ¡Por las benditas ánimas del Purgatorio! ¡Voto a Barrabás! ¡Reviento en Judas! Juro que desde el 3 de junio de 1808 no sé lo que es una sábana. Estoy despierto, estoy velando por la patria, y temo que la dejen perecer los que duermen.

Trijueque dio un resoplido, no menos fuerte que el de un mulo, y se levantó. ¡Dios mío, qué hombre tan alto! Era un gigante, un coloso, la bestia heroica de la guerra, de fuerte espíritu y fortísimo cuerpo, de musculatura ciclópea, de energía salvaje, de brutal entereza, un pedazo de barro humano, con el cual Dios podía haber hecho el físico de cuatro almas delicadas; era el genio de la guerra en su forma abrupta y primitiva, una montaña animada, el hombre que esgrimió el canto rodado o el hacha de piedra en la época de los primeros odios de la historia; era la batalla personificada, la más exacta expresión humana del golpe brutal que hiende, abolla, rompe, pulveriza y destroza.