—Sí... lo adivino, lo preveo... no sé en qué me fundo... —replicó el cura con cierta expresión de hombre iluminado—; lo tengo aquí entre ceja y ceja... Sr. D. Vicente: ¿me he equivocado alguna vez? Cuando he dicho: «Están en tal parte», ¿hemos dejado de encontrarles?... Sepa usted que los franceses van aprendiendo de nosotros esta difícil guerra de partidas. Tantas veces les hemos sorprendido, que también ellos discurren el modo de sorprendernos...
—Lo sé, lo sé.
—Pues bien... Los franceses saben que andamos por aquí, Sr. D. Vicente; los franceses que escaparon de Guijosa el martes, cuando sorprendimos el destacamento, debieron decir a Gui que nos habíamos corrido por los cerros de Algora... Gui se está empecinando... Gui quiere ser guerrillero... Gui quiere sorprendernos, y si descansamos, si nos dormimos, Gui nos sorprenderá... Usted dice que el francés va hacia Madrid en busca de descanso y raciones, y yo digo que viene hacia acá en busca de gloria y de costillas que quebrantar... No me pregunte usted en qué me fundo. El mismo mosén Antón que está hablando no lo sabe... pero mosén Antón no se equivoca nunca; mosén Antón adivina; mosén Antón tiene un diablillo que viene a decirle al oído dónde están los franceses.
Oyendo esto D. Vicente Sardina, que conocía la singular previsión estratégica de su jefe de Estado Mayor general, sacudió de súbito la pereza, y dando una fuerte palmada y levantándose, dijo:
—¡Voto al demonio, que tiene razón el curita!... Eso mismo debí pensar yo... pero no lo pensé... Es que soy un bruto, y luego el maldito sueño...
—¡En marcha! —gritó mosén Antón, no con palabras, sino con aullidos; no con entusiasmo, sino con una exaltación salvaje.
—¡En marcha! —repitió el jefe.
—¡En marcha! —gritamos mi compañero y yo, sintiendo que nos identificábamos poco a poco con el silvestre militarismo de aquella gente.
La partida, a la cual desde aquella noche pertenecíamos los de tropa, se puso en movimiento. Apagose el fuego de los hogares; sacudieron el sueño los que se entregaban a él dulcemente; desluciéronse las honestas intimidades y las tertulias que en distintas casas se habían formado entre soldados y vecinos de ambos sexos; cada cual recogió lo que pudo de condumio sólido o líquido, y unos a caballo y otros a pie salieron del pueblo. Aquel ejército marchaba en desorden. Mosén Antón y D. Vicente Sardina, que iban a la cabeza, detuviéronse en el camino junto a las últimas casas del pueblo, y entonces el primero dirigió la vista a los cuatro puntos del horizonte; recapacitó un buen espacio de tiempo, llevándose el dedo índice a la frente, y después volvió a dirigir el rostro a distintas partes del obscuro paisaje, no como quien mira, sino como quien olfatea.