El jefe le miraba con asombro, no exento de malicia, como diciendo:
—¿Por dónde nos querrá llevar este condenado?
—Hay que pensar qué dirección tomaremos, Sr. Sardina —dijo el jefe de Estado Mayor y de la caballería—. Las veredas son nuestra ciencia militar.
—Creo que no hay lugar a duda —replicó Sardina—. El sendero de Yela está diciéndonos: «Corred por aquí.»
—No hemos de ir por ahí, sino por aquí —dijo Trijueque imperiosamente, señalando un cerro bastante elevado que a nuestra derecha teníamos—. Por aquí, por aquí.
—Hombre de Dios... ¿pero vamos a conquistar el cielo? —exclamó con displicencia Sardina—. ¿A dónde demonio vamos en esta dirección?
—Por aquí —repitió el cura señalando a la tropa el cerro—. Yo sé lo que me digo.
—¿En qué se funda usted para creer...?
—Me fundo en lo que me fundo —replicó con impaciencia el atroz cura guerrillero—. Y no hay más que hablar. Cuando yo lo mando, sabido tengo por qué. Y a prisita, a prisita, muchachos... hacer poco ruido.
Empezamos a echarnos a pecho la cuestecilla, que era más que regular para los que marchábamos a pie. En los primeros momentos de la marcha satisfice mi curiosidad de conocer a los misteriosos personajes, a quienes oí nombrar por los apodos, pues apodos eran, de Viriato, Cid Campeador y D. Pelayo, porque los tres iban junto a mí, y al punto me brindaron, lo mismo que a mi compañero, con su franca amistad. No eran barbudos personajes de teatro, ni fantasmas de héroes históricos evocados por la noche y la poesía, sino tres estudiantillos de Alcalá, que desde el comienzo de la guerra se habían afiliado en la partida. Conservaban el traje clerical de las aulas, con el sombrerete tripico, amén de la faja de cuero para el pedreñal y un sable corvo ganado entre los despojos de cualquier acción desfavorable a los franceses. Eran muy jóvenes, y uno de ellos casi tierno niño; los tres alegres, animosos, entusiasmados con aquella vida que para gente de otra casta será penosa, pero que para españoles ha sido, es y será siempre placentera.