Pero nadie me respondía. A un cuarto de legua de Cifuentes, y cuando me disponía a regresar creyendo que el cura había tomado distinta dirección, divisé un bulto negro, un cuerpo y los jirones de la hopalanda agitada por el viento. ¡Qué horror! Todo esto colgaba, sacudiéndose aún de las ramas de una poderosa encina.
—¡Judas! —murmuré con pavor alzando la vista para observar aquel despojo.
Recé un Padrenuestro y me volví a Cifuentes.
Diciembre de 1874.
FIN DE «JUAN MARTÍN EL EMPECINADO»