—Es cierto; pero como había llegado a mi noticia que D. Juan Martín estaba en Cíbicas, vi la cosa mal parada y corrí a presentarme a él. Pregunte usted al mismo general si no me le presenté de madrugada.
—Estás mintiendo como un bellaco y vas a morir.
—Señor, querido Sr. Araceli, por el que murió en la cruz, juro que digo verdad. ¿Sabe usted quién puede informarle del pueblo a donde llevaron a la novia de usted?... ¡Hermosa novia a fe mía!
—¿Quién lo sabe?
—Mosén Antón. ¿Por qué no le interrogó usted?
—¿Mosén Antón fue con Santorcaz?
—Sí: Trijueque condujo el convoy hasta no sé qué pueblo, donde parece que dejaron a la niña, y luego regresó.
—¡Y ese desgraciado huyó sin decirme nada! —exclamé con viva inquietud—. Corro a buscarle.
Salí precipitadamente del pueblo, internándome en la sierra por la misma senda que había seguido el cura guerrillero. Como principiaba a anochecer y concluía obscurísima la tarde, era inútil buscarle con la vista delante de mí. Corriendo, grité varias veces:
—¡Mosén Antón, mosén Antón!