—Al fin Dios me depara el gustazo de ver sano y salvo al Sr. de Araceli. ¡Qué inaudita alegría! ¿Cómo va de salud, señor y dueño mío?
—¡Ah, miserable ladrón falsario! —grité con violenta ira cogiéndole por el cuello y arrojándole al suelo con intento de deshacer contra las piedras tan execrable reptil.
—¡Oh! —exclamó con dolor—. Me ha deshecho usted las rodillas, querido señor mío. Ya, ya comprendo la causa de su disgustillo: poca cosa, una broma mía.
—Ahora mismo vas a morir, infame, estrellado contra estas piedras —grité golpeándole sin piedad.
—Perdón, perdón, Sr. de Araceli; perdón para este delincuente. Déjeme usted decir dos palabras, dos palabricas, y luego será más amigo mío que Pílades lo fue de Orestes.
—Dime, ¿te cogieron con mosén Antón?
—Quia: yo vine esta mañana. Cuando vi la cosa mal parada allá, me abracé a las banderas de la patria y entré en Cifuentes gritando: «¡Viva el Empecinado y Fernando VII!...» Otros cuatro y yo pedimos perdón al general, diciendo que nos habían engañado.
—Truhan redomado. Ahora mismo vas a dejar de existir, si no me dices a dónde llevásteis tú, Santorcaz y demás bandidos, a la desgraciada joven que robasteis en esta villa.
—Sr. de Araceli —repuso—, déjeme usted respirar un poco y diré lo que sé... Por piedad, quietas las manos. Pues por la salvación de mi alma, señor y dueño mío, os juro y rejuro que no sé dónde está aquella hermosa señorita. Si miento, que me muera aquí mismo.
—Tú saliste con ellos de la venta.