Además de injuriarle con estas y otras frases, a cada paso tiraban de la larga cuerda que aún llevaba atada en su cintura, y que le arrastraba detrás como un largo rabo.
Empujando aquí y allí, haciendo valer mi autoridad contra tan ruin gente, logré al fin sacarle de la villa. Hice que todos volviesen atrás dejándonos solos, y señalando la sierra le dije al despedirle:
—Huya usted por aquí, desgraciado, y que Dios dé paz a su conciencia.
Le observé bien. Estaba horrible, con los ojos húmedos, las mejillas amoratadas, la boca espumante, y todo tembloroso y convulso.
—Hace mucho frío esta tarde —le dije ofreciéndole mi capote—. Lléveselo usted.
Mas en vez de aceptar esta oferta y darme las gracias, rechazola, diciéndome bruscamente:
—No necesito nada. Adiós.
Y sin dignarse mirarme, se internó en la sierra.
XXX
Figuraos cuál sería mi indignación cuando en la plaza de Cifuentes (media hora después de la partida de mosén Antón) vi que se me acercaba, con semblante risueño y sin duda con el injurioso intento de abrazarme, el señor D. Pelayo en persona. El infame me dijo, riendo con toda la desvergüenza tunesca de las Universidades de aquel tiempo: