—Aquí tienes el báculo.

—Santurrias —dijo Viriato—, trae aquel pedazo de estera vieja para hacerle la capa pluvial.

—Matadme —gritó la víctima—; pero no insultéis al que ha sido vuestro coronel.

Por mi parte sentía viva lástima del infeliz guerrillero; y recordando además que me había salvado la vida después del paso del Tajuña, no pude menos de interceder en su favor. Lo libré primero de las insignias episcopales, y tomándole luego el brazo traté de llevarle fuera del pueblo para que huyese.

Gran trabajo me costó conseguir esto último, porque la multitud le hostigaba, insultándole del modo más despiadado y atroz.

—Señor cura, diga una misa por su propia alma, que se ha llevado el demonio.

—Señor cura, si los franceses pagan a mil doblones un coronel, ¿qué dan por un soldado?

—Señor cura que se metió a general y no sirve más que para tirar de una carreta..., ¿pues no quería mandar un ejército?

—De gallinas tal vez o de monagos.

—Si es un bobo: los franceses le destinaron a que les limpiara las botas...