—Juan Martín, no mandes desatar a Trijueque; no dejes en libertad las manos de Trijueque.

—Desatadle —repitió el general.

Mosén Antón quedó al instante libre.

—¿Piensas que te temo? —añadió D. Juan Martín—. Cura de Botorrita, vete a tu iglesia, arrodíllate delante del altar y pídele a Dios que te perdone tu crimen como te lo perdono yo.

Diciendo esto, entró con Villacampa y Sardina en el convento de dominicos.

Los soldados, cuando el general se marchó, dieron en mortificar a mosén Antón. Este, abriéndose paso con el empuje de sus brazos de hierro, gritó:

—Acabad conmigo de una vez.

Con la presteza y la iniciativa propias de la verdadera travesura, uno de los circunstantes había hecho un gorro de papel y lo encajó en la calva cabeza del guerrillero exonerado, diciendo:

—Ya tiene el señor obispo su mitra. Échenos la bendición.

Otro quiso ponerle en la mano una caña, y dijo: