—¡La muerte, la muerte! —exclamó Trijueque con desesperación—. No estoy arrepentido, no, de mi acción; pero estoy furioso. Por no haber sabido triunfar, merezco que me echen del mundo a fusilazos, o que me corten esta gran cabeza, esta montaña cuyo peso no puedo resistir.

—Cura de Botorrita —dijo gravemente Don Juan—, eres un desgraciado, y principio a tenerte compasión. Dime una palabra, una palabra sola que sea, no súplica humillante de perdón, sino una palabra que me demuestre que en esa alma hay un tantico así de sentimiento por haber vendido al jefe y al amigo... Tengo ganas de perdonar, ¡rayo de Dios!

—¿Quieres oír la palabra? —dijo Trijueque lúgubremente—. Pues óyela: «Fuego.» Esa es la palabreja. Fuego sobre mí. No quiero vivir; me ahogo en el mundo. Estoy como un hombre a quien dijeran: «Camina cien leguas dentro de un barril de aceitunas.» Fuera, fuera de aquí... Muchachos, allí hay una pared... preparad vuestros fusiles, y matadme como gustéis, bien o mal, y apuntad a donde os plazca, con tal que me apuntéis.

—Cura de Botorrita —dijo D. Juan Martín con voz grave, poniéndose pálido—, en esta ocasión terrible quiero también que mi voluntad esté sobre la tuya. Te perdono. Irás al pueblo de donde en mal hora te saqué, y predicarás, y dirás misa, que es tu verdadero oficio.

—Mi oficio es enseñar el arte sublime de la guerra a los tontos —repuso el cura sintiéndose herido en lo más sensible de su orgullo con lo del curato.

—Marcha a tu pueblo —repuso el general sin hacer caso del dardo—. Los clérigos no toman las armas. Te perdono y te destituyo. Ea, muchachos, arrancadle esa charretera que lleva en el hombro. Tan noble insignia no debe adornar el cuerpo de un infame traidor.

La canalla que rodeaba al pobre guerrillero destituido no esperó segunda orden para arrancarle la charretera. Mosén Antón dio un salto y cayó al suelo.

—Ahora desatadle y que se vaya con Dios.

—¡Me perdonas tú, miserable!... —exclamó con gran coraje la víctima—. ¿Y quién te ha pedido ese perdón que arrojas como un hueso? No soy perro hambriento, y no roeré tu perdón. Recógelo.

Empezaron a desatarle. Con furor salvaje revolviose Trijueque contra los que le rodeaban, y gritó: