—Bárbaro envidioso —gritó D. Juan—, eres capaz de vender a Dios por... envidia, sí, por envidia de que Él haya hecho el mundo y tú no... En fin, Trijueque, confiesa delante de mí tu infame alevosía, y te perdonaré la vida.

—¡Yo... confesar!... —exclamó mosén Antón, como quien oye el mayor absurdo—. Lo que hice, hecho está.

—Todavía defiende su conducta infame —dijo el Empecinado—. Todavía sostendrá que pasarse al enemigo, hacer armas contra sus compatriotas, vender a su general, tenderle una emboscada para cogerle prisionero, son acciones que merecen premio. Este hombre es así: si le ahorcan cien veces, y cien veces resucita, no confesará su crimen.

D. Pedro Villacampa, que oía este diálogo, rompió al fin el silencio diciendo:

—¡Desgraciado Trijueque!... ¡Lástima que tan grandes guerreros no tengan una conciencia a prueba de sobornos! Y después de todo, el buen cura recibiría una bicoca... ¡Que hombres tan bravos se vendan por mil o dos mil duros!...

Mosén Antón expresó en su semblante la más amarga ira.

—Sr. Villacampa —dijo—, agradezca usted que estoy amarrado como una bestia salvaje; que si no, mosén Antón no se dejaría insultar villanamente. En todo el mundo no hay bastante dinero para comprarme: sépalo usted y cuantos me oyen.

—De eso respondo —dijo D. Juan Martín—. Trijueque es capaz de pegar fuego al universo por despecho; pero si ve a sus pies todos los tesoros de la tierra, no se bajará a cogerlos. Dentro de este animal hay tanto orgullo, que no queda hueco para nada más. Por orgullo se hizo francés.

—¡Yo francés! ¡Qué dices, desgraciado! —vociferó el cura haciendo esfuerzos por desasirse de la cuerda que le sujetaba—. No hay paciencia para soportar tal injuria. Yo no soy francés. Huí de mi campo, no por servir a los franceses, sino porque ellos me sirvieran a mí. Huí de mi campo para castigar tu fiero orgullo; para desposeerte de un puesto que, en mi entender, me pertenecía; para emanciparme de una superioridad que me era insoportable, porque yo, mosén Antón Trijueque, no quepo debajo de nadie, ni he nacido para la obediencia; porque yo he nacido para llevar gente detrás de mí, no para ir detrás de nadie; porque yo, que siento las maniobras de la guerra como sientes tú la pulga que te pica, necesito dar pasto a mi iniciativa; porque mi cerebro pide batallas, marchas, movimientos y operaciones que no puede realizar un subalterno; porque yo necesito un ejército para mí solo, para mi propio gusto, para llenar todo este país con mis hazañas, como le lleno con mi espíritu guerrero. Por eso te abandoné; por eso rompí los hierros que me sujetaban y levanté el vuelo, graznando a mis anchas sin traba alguna. Por eso traté de coparte, y adiviné tu movimiento, y me subí a los riscos de Rebollar, donde tú no habías subido jamás, y me dispuse a caer sobre ti y a aniquilarte para que vieses cómo se burla esta águila poderosa de los cernícalos que te rodean; por eso llamé a los franceses en mi ayuda, y si no te cogimos fue porque los franceses no quisieron hacer lo que yo decía, y me despreciaron, figurándose ¡oh, inmundas y rastreras lagartijas! que era un traidor adocenado... Yo desprecio a todos: me basto y me sobro. Fuerte soy en la adversidad y no bajo, no, del picacho donde clavo los garfios de mis patas y desde donde os veo como ratas que corren tras una miga de pan... ¡Quieres que cante el yo pecador y me humille ante ti!... ¡Eso jamás, jamás! Reconozco que me salió mal la empresa y estoy consumido por la rabia.

—Por los remordimientos, dilo de una vez, espantajo —añadió el general—. Estoy viendo tu miserable alma cómo se te retuerce dentro del cuerpo, cómo se hace un ovillo, ¡caramba! y se muerde a sí misma porque no puede soportar su afrenta. Vuelve la vista a todos lados. ¿No te espantan las miradas de todos esos bravos soldados que te desprecian? ¿No conoces que el peor de todos vale más que tú? ¿No te cambiarías por el último condenado furriel de mi ejército?