—¿Dónde le habéis cogido? —preguntó Don Juan Martín, contemplando con estupor la triste imagen del que fue su amigo.

—Hacia Canredondo —dijo uno—. Venía hacia acá con otros cuatro. Nosotros gritamos: «Mosén Antón, date, date», y corrimos tras él.

—¿Hizo resistencia?

—Ninguna. Vino derecho hacia nosotros diciendo: «Aquí me tenéis, amigos. Disparad sobre mí...» Cuando le atamos para traerle aquí, se puso furioso, y por poco... Verdad que éramos diez y ocho contra cuatro y no nos acobardamos...

—¡Ya estás otra vez delante de mí, perro! —exclamó el Empecinado apretando los puños y las mandíbulas, pálido de cólera—. Dime: ¿qué debo hacer contigo, infame traidor, que me vendiste al enemigo?

—A los traidores de mi clase se les fusila sin piedad —dijo mosén Antón frunciendo el torvo ceño y sin mirar al general—; no se les pasea por el campamento como a una mona, o a un perro gracioso para hacer reír a los soldados.

—Dime, alma más negra que la de Satanás —gritó D. Juan—, ¿hay algún castigo que sea para ti más terrible que la muerte? Porque la muerte para ese corazón tan grande como una montaña, es menos sensible que un rasguño.

—Haces bien en creer que no temo la muerte —dijo Trijueque—. Mil veces he despreciado la vida en beneficio tuyo, por conquistarte honores, grados, fama... Mátame de una vez, bárbaro, y no me insultes.

—Antes has de confesar que cuanto hago en contra tuya lo tienes merecido —dijo el general—. Has de confesar que para tu infame traición la muerte es benevolencia y caridad. Desgraciado, ¿hay en esa alma alguna otra cosa que bravura?

—Sí —repuso el cura sombríamente—. Hay algo más: hay ambición de gloria, de llevar a cabo grandes proezas, de asombrar al mundo con el poder de un solo hombre; hay un ansia horrorosa de que ningún nacido valga más que yo, ni pueda más que yo; hay la costumbre de mirar siempre para abajo cuando quiero ver al género humano.