La contemplé largo rato, lleno de tristeza, y consideraba a qué extremo de desventura había descendido la que yo conocí en el apogeo de la grandeza, de los honores y del orgullo. Tras largo silencio, abrió los ojos, y mirándome inmóvil a su lado, me tomó la mano, y besándola me dijo:
—No tengo más amparo que mi paje del Escorial en aquellos tiempos felices en que yo era una de las más poderosas personas de la monarquía, cuando repartía bandoleras, prebendas, mitras, canonjías y ejecutorias. ¡Dios mío, cuánto he descendido!
Di a la condesa todo el dinero que llevaba, y además todo el que pude lograr me prestasen mis amigos. Después bajé a la plaza en busca de noticias.
D. Juan Martín había resuelto permanecer en Cifuentes dos o tres días para rehacer sus fuerzas y organizar convenientemente su partida. No había peligro alguno en estacionarse allí, porque esperábamos de un momento a otro en el mismo Cifuentes a las tropas de Don Pedro Villacampa, el cual venía de Murcia para regresar a Aragón, pasando por Cuenca a la Alcarria alta. Todo aquel país estaba seguro de franceses, mientras los dos célebres guerrilleros lo ocupasen, así como de Algora para arriba no había un palmo de terreno de que pudiera llamarse Rey el Sr. D. Fernando VII. El Empecinado, para no permanecer ocioso, había mandado destacar pequeñas cuadrillas que recorrían la sierra y vertiente izquierda del Tajuña para observar al enemigo y sorprender algún destacamento que se descuidase, lo cual, como se ha visto, ocurría con harta frecuencia.
En la mañana siguiente del día en que me presenté a la condesa, estaba D. Juan Martín conferenciando con Villacampa en la portada del convento de dominicos, cuando vi llegar a Sardina, que jovialmente decía:
—Le hemos cogido, Juan; hemos cazado a la pobre bestia azorada, que no sabía en cuál agujero de estos montes meterse.
—Apuesto a que me hablas de Trijueque —dijo D. Juan Martín con disgusto—. No quiero verle.
—Es un pícaro de tal calidad, que si no se hace un escarmiento con él, no podremos en lo sucesivo fiarnos ni aun de nuestra propia camisa —dijo Sardina—. La gente le ha querido fusilar, y él lo pide a gritos; pero he mandado que antes te lo presenten.
—Que no me le traigan acá —voceó D. Juan Martín—. Que no me le pongan delante, porque si una vez maté un asno a puñetazos en Perales de Tajuña, no quiero hacer estas gracias todos los días.
No tardó, sin embargo, en aparecer mosén Antón. ¡Horrible espectáculo! Traíanlo con las manos atadas a la espalda, y los más pillos, desvergonzados y crueles voluntarios de aquella partida asían la larga cuerda por el otro extremo, obligándole con repetidos golpes y puntapiés a marchar delante. Mosén Antón había enflaquecido; se había vuelto más pálido, más verde, más negro, y hasta parecía haber crecido en su descomunal estatura, en el breve espacio de dos días. La siniestra cara estaba de tal modo desfigurada, tan contraídas las enérgicas facciones, y al mismo tiempo había tal ferocidad en la delirante expresión de su mirada, que esta constituía toda su fisonomía. Su rostro eran sus ojos sanguinolentos y espantados. Había perdido la gorra y pañizuelo que cubrían su cabeza, mostrando la convexidad lobulosa y deforme de su calva. Su sotana veíase ya reducida a un compuesto de jirones que se enlazaban unos con otros, dejando entre sí agujeros disparatados e irregulares, por cuyas luces se veían las piernas del héroe traidor, que no temblaban de frío ni de miedo.