—No, ya estoy curada por completo... Pero di, ¿qué piensas hacer? ¡En qué horrible trance nos hallamos! ¿Has averiguado algo de la dirección que tomaron esos bandidos?

—Es demasiado pronto. No será imposible averiguarlo. Debe tenerse en cuenta que su vida no corre peligro. Además, para ocultarla de un modo absoluto, Santorcaz tendrá que ocultarse también él mismo, y un hombre que funda su poder en un cargo público, ha de estar visible en alguna parte. La situación no es desesperada ni mucho menos. Santorcaz es un hombre, no un demonio.

—¿Podrás darme hoy mismo alguna esperanza, alguna noticia satisfactoria? —me preguntó con amargo desconsuelo.

—Es difícil. Entretanto, procure usted reposar de tanta fatiga, calmar un poco las angustias de su corazón destrozado... Es urgente proporcionar a usted algunas comodidades.

—No te preocupes de eso, ni emplees en mí un tiempo precioso. Yo estoy bien así.

—Escribiremos a Madrid para que el administrador de la casa envíe a usted ropas, vajilla y dinero.

—Es inútil —me respondió sonriendo—. Mi señor administrador tiene orden del jefe de la familia para no darme nada mientras yo misma no escriba a dicho jefe, pidiéndole perdón de mis... faltas. Pero antes de dar este paso, pediré limosna de puerta en puerta...

Esta revelación me indujo a tristes meditaciones.

—Ya te he dicho que vienen penosísimos y horribles días para mí... Hablan de mis faltas. Sin duda he cometido alguna muy grande, inmensa... —dijo cerrando los ojos como aletargada, o para rodearse de las sombras que le permitieran explorar con ojo seguro su conciencia.

XXIX