—Señora —le dije—, o no valgo nada, o la arrancaré del poder de ese hombre. Es para mí una deuda de honor, y a satisfacerla me consagraré mientras tenga un aliento de vida. Este infame atropello me hiere en lo más delicado de mi ser. He sido robado, señora; vilmente robado, porque Inés es mía: ¿no lo sabía usted?
—Es tuya —respondió la condesa—. No me atrevo a negarlo. En este momento terrible, cuando me siento herida, castigada sin duda por Dios; cuando veo por tierra mi orgullo; cuando, volviendo a todos lados los ojos, no veo más que ruinas; en esta triste ocasión, en que considero disipadas mis glorias, obscurecido el lustre de mi casa, perdido mi prestigio y valimiento; ahora que me veo enferma y quizás próxima al sepulcro, me parece que el mayor, el único consuelo de mi alma, es estrecharte entre mis brazos y llamarte mi hijo. Gabriel, te prometo, te juro que si encuentras a Inés, si me la devuelves, será tu mujer. ¿Quién puede oponerse a esto?
—Nadie, señora —respondí con orgullo—. Nadie.
Estreché sus hermosas manos entre las mías. Era el único lenguaje que mi emoción me permitía.
—Solo en el mundo, abandonado a mí mismo —le dije después de una larga pausa—, me echo de hoy para siempre en los brazos de la que fue mi ama y hoy representa para mí la familia, la amistad, el amor, todo aquello que me ha faltado y que busco con el afán del sediento en mi solitaria vida.
—Y yo te recibo en ellos —exclamó—. ¿Por qué no? ¿Quién me lo impide? Dios ha enlazado tu vida con la nuestra, y todas las potencias de la tierra no pueden separarla. ¿Debo atender a mi familia? Pero yo estoy loca. ¿Acaso tengo familia? Perseguida por mis parientes, olvidada de todos, Dios ha dispuesto las cosas de modo que mi único amparo, mi único consuelo sea este generoso joven; tú, Gabriel, que con mi pobre hija llenas el vacío de mi corazón. ¡Cómo se elevan las personas, Dios mío; cómo triunfan finalmente las dotes excelsas del alma, abriéndose camino por entre la miseria, la humildad y el olvido del mundo, para establecer su imperio sobre las gentes! ¿De qué valéis, grandezas exteriores, títulos vanos, fortuna y pompas de los hombres? Como ejemplo de lo que sois, aquí me tenéis. En cambio, ¿quién puede negar que existe una aristocracia de las almas, cuya nobleza, aunque la ahoguen desgracias y privaciones, al fin ha de abrirse paso y llevar su dominio hasta las mismas esferas donde campean llenos de hinchazón los orgullosos? Ejemplo eres tú, hijo mío... Me siento desfallecer al darte este nombre, que trae a mi espíritu desconocidas alegrías... Gabriel, búscala, por piedad, pronto, hoy mismo. De eso depende que veas en mí la más desgraciada o la más feliz entre las mujeres nacidas; de eso depende el cariño que te debo tener, que tengo ya por ti; de eso depende todo, querido mío. Vas a probarme la energía de tu voluntad, el temple de tu alma, y si eres digno de aquello que con tan noble audacia has deseado y solicitado, desafiándome a mí, a toda mi familia y al mundo entero.
—Señora y madre mía —exclamé puesto de rodillas frente a ella, con la solemne expresión de quien descubre ante Dios lo más hondo de su conciencia—, no hay dentro de mí una sola gota de sangre que me pertenezca. Pertenezco a mi familia, por quien desde hoy vivo. Si no amase a Inés como la amo, la buscaría por toda la tierra, y moriría cien veces por devolverla a la persona que con cuatro palabras ha engrandecido mi alma a mis propios ojos abriéndome los horizontes de la vida; haciéndome ver que los latidos de mi corazón no eran un esfuerzo solitario, inútil y perdido en el caos de los sentimientos humanos; llenando de una vez este vacío, y poblando esta soledad espantosa que desde el nacer me rodea. Si no la amara como la amo, y aun con la certidumbre de que no había de ser para mí, yo emplearía toda mi voluntad, toda mi fuerza y la vida toda en rescatarla de sus infames secuestradores. Tengo la seguridad de que lo conseguiré. Señora, Dios está con nosotros; y si en la ocasión terrible que acaba de pasar no nos ha favorecido, es porque nos exige mayores y más nobles esfuerzos para merecer el galardón de su misericordia infinita. Señora condesa —añadí levantándome—, ánimo. Dios está con nosotros.
La desgraciada madre se arrojó de nuevo en mis brazos. Entonces advertí su deplorable situación en lo relativo al vestir y a las diversas comodidades domésticas que una persona de su posición exigía. Contestando a mi pregunta, dijo:
—¿Pero no sabes que los franceses al retirarse esta mañana se llevaron todo lo que había en la casa? Hace ya días que me quitaron el último dinero que tenía. Hoy no han dejado ni una pieza de ropa, ni una manta de abrigo, ni un mantel. Rompieron toda la loza porque no podían llevársela. Nada te digo de la plata y vajillas de valor, pues todo eso pasó hace tiempo al tesoro del Rey José. En suma, hijo mío: esta mañana he necesitado un alfiler, y he tenido que pedirlo prestado. Esta ropa con que me visto es de la tía Pepa, mujer de uno de los guardas del monte. ¿Verdad que estoy guapa?
—Poco a poco se irá usted curando de su afición a los extranjeros —le dije con melancólica jovialidad.