Cuando me reconoció, arrojose llorando en mis brazos, estrechándome en ellos durante largo tiempo con fuerza nerviosa y un ardiente anhelo de que solo es capaz el maternal cariño. Ni ella ni yo podíamos hablar. Sus lágrimas mojaban mi seno.
Mirome luego, asombrándose de encontrarme tan desfigurado como yo la encontré a ella. Volviome a abrazar con efusión, y me dijo:
—¡Hijo mío! ¡Cuánto has padecido!
—Inútilmente —repuse, sentándome junto a ella y besando sus manos—, porque he llegado tarde.
Callamos de nuevo, sin acertar con las palabras propias para expresar nuestra congoja.
—¡La hemos perdido para siempre! —exclamó, elevando al cielo los ojos bañados en lágrimas—. ¡Bien sospechaba yo que ese hombre no me perdonaría jamás! ¡Ha esperado largo tiempo la ocasión de su venganza, y al fin la ha consumado!
—Señora —le dije—, no se ha perdido todo. Yo buscaré a Inés por toda España, por todo el mundo si es preciso, y al fin, con la ayuda de Dios, espero encontrarla.
La infeliz, sin contestarme de palabra, expresó en su rostro la más dolorosa duda.
—No —repitió—, ya sabía yo que ese hombre no me perdonaría... Pero esto me parece un sueño. Mi hija desapareció de mi lado sin que hasta ahora me haya sido posible averiguar cómo y a qué hora. Sé que unos aldeanos la vieron conducida en un coche y custodiada por españoles y franceses... y nada más. El corazón me dice que no la volveré a ver... ¿Piensas tú lo mismo? Ese hombre me impondrá condiciones ignominiosas que no podré aceptar sin deshonrarme.
Cubriose el rostro con las manos.