Me sentí poseído del trágico furor de la matanza, y las crueldades de mis camaradas con los franceses enardecían mi alma. En medio del patio, un espectáculo terrible puso límite a mi exaltación. Un hombre bajó precipitadamente de las habitaciones altas. Era el comandante francés. Viendo a los suyos que saltaban las tapias para huir, o se escondían en los sótanos, gritó blandiendo el sable:
—Deteneos, miserables, y ved aquí a qué precio vende su vida un guerrero de las Pirámides y de Austerlitz.
Y acometió a los nuestros con furia más propia de tigres que de hombres.
—¡Atrás, bandidos! —gritaba—. No hay más Rey de España que José I.
Diciendo esto, cayó en tierra para no levantarse más.
Poco después me estrechaba en sus brazos el bravo y noble Sardina.
La partida victoriosa tornó al punto a la sierra. Diéronme ropa, un caballo, y medianamente enfermo les seguí. No me fue posible adquirir noticia alguna de la dirección que había tomado Santorcaz con su presa, y mientras la Providencia me deparaba alguna luz, resolví bajar a Cifuentes, que estaba a muy corta distancia del sitio donde hicimos alto al mediodía. No había peligro alguno en tal expedición, porque acordadamente con la marcha de Sardina, D. Juan Martín había hecho otra sobre Cifuentes, cuya guarnición puso a tiempo pies en polvorosa.
Bajé, pues, a la villa, donde me recibió Don Juan con gran agasajo. Tenía el brazo derecho en cabestrillo, a consecuencia de la fuerte contusión alcanzada cuando se salvó, como dice la historia, echándose a rodar por un despeñadero abajo. Contome cómo pudo allegar alguna gente y congregarla sin descanso, gracias a la docilidad y buenas prendas de los que a todo trance le seguían, y yo, a instancias suyas, le referí los lances de mi prisión y las dos entrevistas que tuve con el gran Trijueque.
XXVIII
No me detuve con él en largas conferencias, porque impaciente por ver a Amaranta, corrí sin perder tiempo al célebre castillo. Encontrela en estado tan deplorable de cuerpo y de espíritu, que tardó en reconocerme cuando me presenté. ¡Cómo había decaído en el breve espacio de algunos días aquella incomparable naturaleza tan potente en su fenomenal hermosura, que parecía destinada a no ajarse ni con los años ni con las pesadumbres, cual inalterable modelo de una raza perfecta! Aumentada con la palidez y la demacración la intensa negrura de sus ojos, había perdido aquella dulce armonía de su rostro. Ya no era esbelto y flexible su talle, y un enflaquecimiento repentino desfiguraba los hermosos hombros y garganta, que no habían tenido rival. La voz, cuyo timbre producía antes inexplicable sensación en los que la escuchaban, se había dilatado y enronquecido, y por la congoja del pecho necesitaba hacer dolorosos esfuerzos para hacerse oír.