—No es nada —indicó uno.
—¿Cómo que no es nada? —exclamó azoradamente un oficial que con precipitación acababa de entrar en el patio—. Por el sendero de Cíbicas ha aparecido mucha gente. Se corren por ese cerro de la izquierda que está sobre nuestras cabezas. ¡A las armas!
—Llamar al comandante.
—Es preciso escarmentar a esos miserables. Son ladrones de caminos.
Oí un disparo y luego muchos.
Varios soldados franceses aparecieron corriendo con precipitación, y un grito terrible resonó en aquel recinto, un grito que al punto puso gran pánico en el ánimo de aquellos desapercibidos guerreros. El grito era:
—¡Los empecinados! ¡A las armas!
En efecto: eran los míos. El movimiento previsto por la atrevida mente de mosén Antón se había verificado, y las tropas que asediaban el destacamento francés eran unos quinientos hombres que con gran trabajo había logrado reunir Sardina. Las guerrillas no necesitan, como los ejércitos, mil prolijos melindres para organizarse. Se organizan como se disuelven: por instinto, por ley misteriosa de su inquieta y traviesa índole. Desparrámanse como el humo, al ser vencidos, y se condensan como los vapores atmosféricos, para llover sobre el enemigo cuando menos este lo espera.
Bien pronto se entabló la lucha. Los guerrilleros atacaron con brío, como gente ofendida y rabiosa que quiere vengar un agravio. Los franceses se defendieron bien; mas no les fue posible contener a mis amigos, que tuvieron tiempo de acercarse en silencio y escoger la posición y el punto de ataque que les pareció más ventajoso. Un pelotón de imperiales, colocado al abrigo de una casucha inmediata al edificio en que yo estaba, resistió con sublime denuedo; pero no tenían los franceses bastante gente, y los de Sardina entraron por distintos puntos en la aldea, atropellándolo todo. No he visto nunca mayor saña para acorralar y destruir a un enemigo que se repliega y cede después de colosales esfuerzos. Los empecinados no daban cuartel a nadie, y ¡ay de aquel que se oponía a su paso! Cuando entraron victoriosos en el patio, grité con toda la fuerza que me permitía mi voz:
—¡Aquí, bravos compañeros! Dadme un sable, que todavía os puedo ayudar. En la cuadra de la derecha se han escondido algunos... Otros tratan de escaparse por el arroyo... ¡A ellos! Rematadlos.