—El estado de este joven —dijo uno de ellos— es tal que debe suponerse no existe en él verdadera responsabilidad.

—Sois demasiado jurista, Saint-Amand —dijo otro—. Los guerrilleros son gente astuta. Acordaos de aquel bárbaro patriota gallego que después de haber envenenado a treinta franceses, se fingió tonto para eludir el castigo.

Otro de los oficiales se apartó de mí para dar algunas órdenes, y vi que varios soldados marchaban de acá para allá. Entonces oí claramente que un zapador que acababa de entrar en el patio dijo a los demás:

—Los escuchas han anunciado la aproximación de alguna gente del lado de Cíbicas.

—Merodeadores y gente menuda.

—Pienso que se debe enviar media compañía a vigilar el sendero que hay en aquel cerro. ¿Dónde está el comandante?

—Duerme —repuso otro—, y ha mandado que no se le despierte, a menos que venga aviso del general Gui.

Oyose un disparo.

—Ha sonado un tiro en las avanzadas. ¿Qué es eso?

En el mismo instante, el vivo redoblar de un tambor, llegando hasta nosotros, infundió cierta inquietud a aquella gente, y empezaron a no ocuparse gran cosa de mí.