—Si vive —añadió otro de los que me observaban—, no debe tener un solo hombre consigo, pues disuelta la gran partida, unos están con nosotros y otros han formado cuadrillas de salteadores.

Solté de nuevo la risa, y el oficial afirmó:

—El miedo y los padecimientos le vuelven imbécil: haced un esfuerzo y fijaos bien en lo que os pregunto. ¿No sabéis a dónde se ha retirado lo que quedó del disuelto ejército de Don Juan Martín?

Un rayo de luz entró en mi mente.

—El ejército de D. Juan Martín —respondí con serenidad— no se ha disuelto. Se dividió y ha vuelto a reunirse.

—¿En dónde está?

Desde el patio donde nos encontrábamos se veía todo el país cercano por occidente. Era la hora en que las primeras claridades del alba comienzan a iluminar la tierra, y sobre el turbio cielo se destacaban vagamente unos cerros escalonados. Mirando al horizonte, señalé con mi mano temblorosa, y dije:

—Allí.

—Allí —repitieron los oficiales—. En esa dirección, a legua y media de distancia, hay una aldea llamada Cíbicas. Sabemos que a prima noche merodeaba por allí una cuadrilla de bandoleros. ¿Es ese el ejército que decís? ¿En qué os fundáis para asegurar que allí se han reunido los grupos disueltos del ejército empecinado?

—Lo adivino —repuse experimentando otra vez el sacudimiento nervioso que me hacía reír.