Dije esto, no como quien habla, sino como quien escupe. Con tales palabras pronuncié mi sentencia. Pero había llegado a una situación física y moral tan deplorable, que la muerte era para mí un accidente sin importancia. Me sentía enfermo otra vez, mortificado por acerbos dolores; y además, la idea de que Dios me había abandonado en mi noble empresa decretando el triunfo del crimen, dábame un profundo desaliento, en virtud del cual casi empezaba a morir. Recordaba los sucesos de aquella noche con la vaguedad indiferente y triste con que el alma inmortal parece ha de recordar en los instantes que siguen a la muerte los últimos accidentes del mundo recién abandonado, de cuya esfera el infinito acaba de separarla.

Cuando me bajaron, apenas me podía mover; mas los franceses, con inhumanidad indisculpable, me empujaban golpeándome. Un oficial, sin embargo, me tomó la mano, y con noble delicadeza rogome que descansase en uno de los bancos de piedra que había en el patio. Allí escuché claramente estas palabras, dichas al comandante por otro oficial:

—Este joven no debe estar en su sano juicio.

—Interrogadle otra vez —ordenó el comandante, alejándose.

—¿Habéis servido mucho tiempo a las órdenes del general Empecinado? —me preguntaron.

Entrome de nuevo el ansia de reír, y les contesté de un modo que no les satisfizo.

—¿Estuvísteis en la acción de Rebollar, donde murió el célebre D. Juan Martín Díez?

Al oír esto contúvoseme la risa, y sentí alguna claridad en mi espíritu.

—D. Juan Martín no ha muerto —respondí.

—¿Vive ese buen hombre? —dijo con ironía uno de los oficiales—. ¿Por dónde lleva ahora sus fabulosos ejércitos de bandidos?