—¡Matar! —repuse con siniestra calma.

—¿Es cierto que os escapasteis de la prisión en Rebollar?

—Sí.

—¿Y asesinasteis a los tiradores que llevaban un parte mío al general Gui?

—Yo quería un caballo —respondí.

—Contestad a lo que os pregunto —dijo con enfado—, y no os hagáis el tonto. Puedo mandaros fusilar al momento.

—Es lo que deseo —repuse, sintiéndome otra vez invadido por la risa.

—Si pensáis salvaros así, es peor. Estoy inclinado a la benevolencia, porque ha intercedido hace poco por vos una persona a quien estimo, un español del orden civil, que sirve lealmente al Rey José.

La imagen de Santorcaz pasó sangrienta y terrible por delante de mis ojos.

—No le hagáis caso —dije—. Es un borracho, como vos y como vuestro Rey José.