D. Pelayo, riendo como vil bufón, exclamó:
—¿Se enfada también porque chilla la de Cifuentes?... ¡Qué guapa es! Mimos y suspiritos por todo el camino... Nos traía locos... Será preciso taparle la boquirrita con un pañuelo... Araceli, que pase usted buena noche. Adiós.
Todo esto se ofreció a mis sentidos como las imágenes de un delirio. «¿Estoy despierto?», me preguntaba. Mi cuerpo se blandía entre las lazadas de la cuerda con que aquellos bárbaros le habían sujetado, y no me quedaba libre más que la voz para echar por su conducto, en forma de improperios horribles, toda mi alma. Cuando, pasado algún tiempo, quedó en silencio la venta y alejáronse los que poco antes entraran en ella, yo había sufrido una transformación horrorosa. Me había vuelto imbécil. Surgían en mi pensamiento las ideas con un aspecto entre risible y monstruoso, y dominado por un pueril terror no podía expresar cosa alguna sin reír, sin desbordarme en una hilaridad atrabiliaria que desgarraba mi pecho, envolviendo en sombras tristísimas mi alma.
A pesar de mi singular situación de espíritu, entendía perfectamente lo que a mi lado hablaban.
—Este fue el que escapó de la casa de Ayuntamiento en Rebollar de Sigüenza —dijo uno—. Bravo mozo.
—Y el que dirigió la matanza de nuestros compañeros en la batalla de Algora —afirmó otro—. No se asesina a los franceses impunemente. Es preciso quitaros de en medio.
Un comandante subió, y estuvo examinándome largo tiempo.
—Parece que se finge demente este joven para evitar el castigo. Desatadle y veremos.
Hicieron lo que se les mandaba.
—Si os pusiera en libertad —me preguntó el comandante—, ¿qué haríais?