—¿Para qué, deslenguado y sin vergüenza? ¿Va a marchar mi compañía?
—No, señor. Es que se han atascado las ruedas del coche en que llevamos a esa señorita, y como la mula no podía tirar de él, dijeron: «¡Que venga Su Ilustrísima!» ¡Pronto abajo... a tirar del carro... arre!
—D. Pelayo —dijo Trijueque—, no te estrangulo por conmiseración. Dile al falsario y bellaco que te mandó, que tire del carro, si gusta.
—D. Luis está más borracho que una cuba —repuso D. Pelayo riendo—. ¡Oh, qué noche! Y todavía no sé cuánto voy ganando. Me ha prometido hacerme oficial de la guardia del Rey José...
Imposibilitado de hacer movimiento alguno, vomité los denuestos más horribles sobre aquel miserable.
—Muy bravo está el Sr. Araceli —me dijo envalentonándose al ver que no podía hacerle daño.
—Infame tahúr, pide a Dios que no te deje caer en mis manos, si algún día puedo hacer uso de ellas.
XXVII
Sentí otra vez angustiosos gritos de una mujer que pedía socorro. Al verme hacer colosales esfuerzos para desasirme; al oír mis alaridos de furor, Trijueque, poseído de indignación, si no tan ruidosa, tan intensa como la mía, abandonó la estancia, diciéndome:
—Esto no se puede tolerar... Mi sangre hierve.