Trijueque iba a contestarme cuando sentimos gran ruido abajo; ruido de gente de armas a pie y a caballo, que acababa de entrar en la venta.

—Ahí están —dijo el clérigo—. ¿No conoce usted una voz entre todas las voces? Es la de su amigo de usted, el Sr. D. Luis de Santorcaz.

Ciego de ira me lancé hacia la puerta; pero un francés que la custodiaba, me detuvo, amenazándome con ensartarme en su bayoneta. Al principio no vino a mi mente palabra bastante dura para manifestar mi cólera; luché un rato con el atleta que me prohibía salir, y grité repetidas veces:

—¡Bandidos! ¡Infame Santorcaz, embustero y falsario!

Trijueque llegose a mí, y con una sonrisa de brutal estoicismo, que me hizo el efecto de un bofetón, me dijo:

—Sr. Araceli, es increíble que un guerrero animoso tome tan a pechos este sainete de amores.

—Quite usted de en medio a ese miserable que me impide salir, y veremos.

Eché mano a la empuñadura del sable que el guerrillero llevaba en el cinto; pero con rápido movimiento Trijueque detuvo mi mano. En el mismo instante, sentí gritos de mujer que helaron la sangre en mis venas. Pugné de nuevo por salir; pero manos poderosas me sujetaron. Mi cuerpo ya no era hielo: era una antorcha en que se enroscaban las abrasadoras llamas de mi odio. Respiraba fuego.

Entró precipitadamente un hombre que no era otro que el Sr. D. Pelayo, el cual dijo:

—¿Dónde está el reverendo obispo?... ¡Ah! ya le veo... Necesitan abajo a Su Ilustrísima.