Trijueque se frotó las manos y arqueó las cejas, más negras que la noche.

—¡Admirable suceso! —dijo—. Nos sublevamos, ¿y después...?

—Nos uniremos a D. Juan Martín.

El cura, frunciendo el ceño, demostró disgusto.

—No... ¡me voy, me voy a mi pueblo! —exclamó con febril inquietud—. ¿Y quiere usted que nos sublevemos, que pasemos por sobre los cuerpos de estos cobardes?... Después de hecho eso, no podemos permanecer solos. Necesitamos buscar a Juan Martín, y si nos unimos a él, forzosamente me tiene que ver.

—Bien, ¿y qué?

—Y si me ve, me dirá algo.

—Y usted le confesará que se equivocó, que se alucinó.

—¡Rayos y centellas! —gritó con furor—. ¿Soy niño de teta?... Araceli, este hombre de bronce, esta naturaleza de gigante, este Trijueque a quien Dios formó por equivocación con el material que tenía preparado para veinte hombres, no se doblega ante nadie. ¿Por qué he de exponerme a que él me vea? En este momento no temo a todos los ejércitos franceses, no temo a todo el mundo armado contra mí; pero si Juan Martín entra por esa puerta y me mira, y me echa encima el rayo de sus ojos negros, caigo rodando al suelo... ¡Váyase Juan Martín con mil demonios! Quiero huir de la Alcarria; quiero irme a Aragón, y pronto, ahora mismo...

—Hagamos antes la gran calaverada. Yo estoy enfermo. Solo no puedo nada; pero al lado de mosén Antón me encuentro capaz de todo. Los renegados tienen buenas armas.