—No puedo estar aquí más... Quiero correr fuera... quiero huir. ¿No he dicho a usted que Juan Martín está en Cíbicas?
—Mejor.
—Figúrese usted —añadió con espanto— que viene aquí, que sorprende a estos bolos, que nos coge a todos, que me ve...
—¡Oh! Ese suceso es demasiado feliz para que pueda suceder. Estamos dejados de la mano de Dios.
—Yo me voy.
—¿En dónde está Albuín?
—No lo sé, ni quiero saberlo. ¡Ojalá se le tragara la tierra!... Condenado Juan Martín: si tuviera dos dedos de frente, podía caer encima de este destacamento y aniquilarlo. Todos los generales del mundo son unos zotes. ¡Si yo tuviera un ejército! ¡Me reviento en...! Si yo tuviera un ejército de españoles, de franceses, de griegos, de chinos o de demonios... ¡Maldita sea mi estrella!... ¡Oh, qué gozo sería que Juan Martín aplastara a esta vil gentuza! Yo, sin tomar partido por unos ni por otros, aplaudiría desde lejos; sí, señor, aplaudiría... ¡Llamarme monseigneur l’évêque, ultrajar a un guerrero como yo! Dan el mando de media compañía al hombre que puede coger cincuenta mil soldados en la palma de la mano y sembrarlos sobre el campo de batalla, sin que ninguno caiga fuera de su natural puesto... ¡A mí, que salgo al campo, doy un resoplido, huelo media España, y ya sé por dónde anda el enemigo; a mí, que soy capaz...! pero no quiero hacer elogios de mí mismo.
—Sr. Trijueque, usted está corroído, abrasado por los remordimientos.
—¿Yo?... ¡Qué desatino! —exclamó con enfado—. Sr. Araceli, de mí no se burla un mozalbete. ¿Soy algún muñeco para que se ponga en duda la entereza de mis acciones?
—Hagamos una hombrada, señor cura. Hable usted a los renegados que están en la venta. Sublevémonos contra esa canalla, y así acabaremos de una vez. O muerte o libertad.