—También yo lo he sabido. ¿Dónde están?
—Un pastor me dijo que Sardina había ido a parar a Grajanejos... Juan Martín pasó ayer tarde por la sierra. Muchos dispersos estaban en Yela.
—Es fácil que se hayan reunido y traten de reconstituir el ejército.
—Creo que sí, y harán bien —dijo el ogro—. Me alegraría de que diesen una paliza a esta gente. Si mi previsión militar, si mi conocimiento del país no me engaña esta vez —añadió bajando más la voz—, Juan Martín y Sardina reunirán su gente en Cíbicas, que está a legua y media de aquí... ¡qué admirable posición para caer sobre este destacamento y hacerlo polvo!... Si yo estuviera en su lugar... Pero ni el uno ni el otro ven más allá de sus narices.
—Hay que hacer un esfuerzo para salir de aquí. Nos uniremos a D. Juan, y usted, luego que le pida perdón...
—¡Yo perdón!... ¡perdón! —dijo el guerrillero con voz cavernosa y ademán sombrío—. Eso jamás.
—Nos presentaremos al Empecinado...
—Yo no: mi decoro, mi dignidad... En suma, mosén Antón se cortará con sus propias manos su gran cabeza, que envidiarán más de cuatro, primero que volver atrás del paso que dio. Los hombres de mi estambre no retroceden, y lo que hicieron hecho está... Mi intento ahora es renunciar a la guerra y marcharme a morir a Botorrita.
Después de meditar un momento, mosén Antón se levantó para marcharse.
—No me deje usted solo —le dije deteniéndole.