Algunos renegados salieron, y los franceses que quedaron en la habitación, dormían. Trijueque pudo hablarme con más libertad.

—Ya llegó a su colmo mi paciencia —me dijo—, y estoy decidido a romper con estos pillos. Son más orgullosos que Rodrigo en la horca, y a los que nos hemos pasado a sus banderas nos humillan, tratándonos con un desprecio... Mi rabia es tan grande, Araceli, que les ahorcaría a todos sin piedad, si en mi mano estuviera. ¿Querrá usted creer que siguen prodigándome insultos, y que su insolencia para conmigo va en aumento? No satisfechos con llamarme monsieur le chanoine se empeñan en denigrarme más, y hoy un oficial me llamó monseigneur l’évêque.

—Mosén Antón, ¿los demás renegados que están aquí piensan lo mismo que usted? —le pregunté, sintiendo que por encanto me restablecía.

—Lo mismo. Todos desean volver allá.

—¿Cuántos son?

—No llegamos a veinte.

—¿Y los franceses?

—En esta venta y en las casas inmediatas hay más de ciento. La lucha sería muy desigual.

—La traición ha vuelto cobarde al gran Trijueque. Somos pocos; pero vale más morir que ser juguete de esta chusma.

—¡Sí, y mil veces sí! —exclamó el cura con exaltación—. Araceli, veo que hay un gran corazón dentro de ese cuerpo. Conque... Pero déjeme usted que le explique —añadió bajando la voz—: he sabido que Juan Martín está vivo y ha reunido alguna gente.