Hallábame, después de un espacio de tiempo cuya longitud no puedo apreciar, en el interior de una venta, y en una habitación tan parecida a mi famosa prisión en Rebollar de Sigüenza, que pensé que no había salido de ella. Pero una observación atenta me hizo ver alguna diferencia, y principalmente el montón de paja con que me habían cubierto, y cuyo suave calor me volvía lentamente a la vida. A mi lado estaban algunos renegados y mosén Antón. El local era la parte alta de una venta del camino ocupada por los franceses con los caseríos inmediatos.
—Estoy otra vez prisionero —dije instintivamente.
—Sí, señor —repuso el clérigo con cierta socarronería—. Y ahora no se nos escapará usted.
—¿Qué hora es? —pregunté.
—¿Para qué quiere usted saberlo?
—Es que quisiera marcharme, Sr. Trijueque. ¿Qué distancia hay de aquí a Cifuentes?
—No es mucha; pero aunque pudiera usted salir, amiguito, y fuera a donde desea, no conseguiría nada. Otros le han tomado la delantera.
Ya había previsto la noticia, y la pena y rabia que sentía apenas se aumentó.
—Supongo que estos bandidos me castigarán por haberme escapado de Rebollar y por lo de Algora.
—Los castigos y crueldades de esta gentuza —me dijo mosén Antón acercando su rostro a mi oído, y expresándose en voz muy queda— honran y enaltecen a la víctima.