«Esto no es nada —pensé—. Ninguna falta me hace la voz. Ánimo, corazón. Parece que llevo una fragua dentro de mí.» Pero la fragua se iba extinguiendo también. Bien pronto mis rodillas fueron una masa dura, rígida, mohosa; un gozne roñoso y sin juego. Al notarlo, hice lo que me había prometido: me apaleé. Pero ¡ay! mi brazo derecho no pudo manejar el sable, que se me escapó de la mano... Anduve más... quise de nuevo correr, y mis piernas se doblaron. ¡Qué sensación tan extraña! El suelo helado me parecía caliente.

Erguí la cabeza, moví el cuerpo; pero nada más. Mis manos, que aún conservaban alguna sensibilidad, tocaron unos objetos largos, inertes y fríos, y al notar que eran mis piernas, no pude evitar una sonrisa fúnebre. Mi voluntad poderosa quería reanimar aquel vidrio que había sido mi carne y mi sangre; pero no pudo. El corazón latía con furia, y en mis oídos un zumbar monótono me enloquecía con lúgubre música. De momento en momento me achicaba. La conciencia corporal iba estrechando los límites de mi persona, y sentí que el mundo exterior, el cosmos, digámoslo así, aunque parezca pedantería, empezaba en mi cintura y en mis hombros.

«Tremendo es —pensé— que esté uno metido dentro de una cosa que se hiela como el agua... ¡Dios inhumano, un rayo que me derrita!»

Yo tenía un alma y me reconocía piedra.

Mi cuerpo tendía cada instante con más fuerza a la inmovilidad absoluta. Como el moribundo deseé la vida, deseé que alguien viniese y a martillazos me machacara.

Con ansiedad inmensa mi vista exploró el camino, y allá lejos, muy lejos, observé gente que venía. Sonaba rumor de caballos, que acrecía acercándose.

«Serán franceses —me dije—. ¡Malditos sean! Me salvarán, y otra vez estoy en poder de esa canalla.»

Efectivamente, eran franceses; si bien cuando estuvieron próximos, a pesar de que iba yo perdiendo el claro uso de mis sentidos, creí distinguir voces españolas empeñadas con las francesas en viva disputa. Venían también algunos renegados. Después de tantos esfuerzos, de tantas luchas, cuando se había agotado la energía de mi cuerpo y de mi espíritu, volvía a encontrarme prisionero. Casi anhelé que pasaran de largo sin hacerme caso. Pero oí a mi lado la voz de mosén Antón, que decía:

—Aquí hay un hombre helado. Es Araceli. Llevémosle al mesón.

XXVI