—¿Les has dejado allí? ¿Sabes si se detendrán mucho?
—Me paeje que sí. Están todos borrachos. Se conoce que no tienen prisa. Trijueque y el jefe francés han tenido una riña por el camino. Creo que nos empecinamos otra vez.
—¿Tienes que comer?
—Medio pan puedo dar a usted. Ahí va.
Antes de poner el pie en tierra, comí con ansia. Luego que desembarqué, despidiéndome del renegado, seguí precipitadamente mi camino. Todavía tenía esperanzas de llegar a tiempo.
«Como saben que nadie ha de estorbarles —dije para mí—, irán con calma. Dios alargue su borrachera... Sin embargo, si resuelven poner en ejecución su plan a prima noche, es cosa perdida. Si le dejan para la mañana... ¡Dios poderoso, llévame pronto allá!»
El frío me mortificaba mucho, sin que me fuese posible vencerlo con la velocidad de la carrera, porque lleno mi cuerpo de dolores agudísimos, me era muy difícil andar a prisa. No llovía, y a causa del recio viento que durante el día reinara, el piso estaba algo duro, además de que la fuerte helada de aquella noche petrificaba el suelo. A poco de alejarme del río, noté que necesitaba gran esfuerzo para seguir andando; quería avivar el paso; pero mientras más a prisa marchaba, más viva sentía aquella resistencia de mis piernas a llevarme adelante. Senteme para recobrar fuerzas, y al sentarme aumentó mi malestar. Dentro de mí surgía una inclinación enérgica al reposo, un deseo profundo de no mover brazo ni pierna. Quise sacudir la pereza, y anduve otro poco; pero al corto trecho sentí que de las rodillas abajo mi persona no era mi persona, sino un apéndice extraño, una extremidad de madera o de hierro que me obedecía, sí, ¡pero de qué mala gana!
Moví los brazos, y ¡cosa singular! encontreme sin manos, es decir, perdí la sensación de poseerlas. Esto me produjo mucha congoja; pero aún permanecía poderoso, en medio del invasor enfriamiento, el horno de mi corazón, que no anhelaba descanso, sino carrera.
«Tú no te enfriarás, corazón —exclamé—. Mientras tú conserves una chispa de calor, el cuerpo de Gabriel marchará adelante. Si es preciso, me daré de palos.»
Quise gritar y cantar; pero mi garganta se negó a articular sonidos. Parecía que una invisible mano me la apretaba.