—Ya me conoces bien. Si quieres ir al agua ahora mismo, ándate con preguntas y no desates la barca.

—Es Araceli —dijo—. Vamos a ver, ¿y si no me diera la gana de pasar?

Sin hacerle caso, me metí en la embarcación y con la pértiga la empujé hacia la otra orilla. El renegado no puso obstáculo, y ayudándome me dijo:

—Pero ¿no le fusilaron a usted esta mañana?

—Parece que no.

—¿Sabe usted que andan azorados?

—¿Quiénes?

—Los musiures. Paeje que D. Juan está en la sierra con alguna gente. Yo me voy otra vez con D. Juan. Nos han engañado.

—Dime: ¿has visto a mosén Antón?

—Ha quedado con los demás del destacamento, y el Sr. D. Luis en una venta que hay a mano derecha del camino, a una legua de Cifuentes.