«Alguien pasa el río —exclamé con alegría—. Dejarán la barca en este lado y podré pasar después.»
Al punto conocí que eran franceses, porque algunas palabras llegaron hasta mí. Escondime aguardando a que pasaran... ¡Ay! ¡Cómo bendije su aparición! ¡Con qué gozo sentí el suave rumor del agua, agitada por la pértiga! ¡Cómo conté los segundos que duró el viaje y los que emplearon en desembarcar y marcharse! Pero se me heló la sangre en las venas cuando vi desde mi escondite que uno de ellos quedaba en la embarcación, y que otro de los que se alejaron le dijo:
—Espera ahí, pues volveremos antes de media noche. Que la barca no se mueva de esta orilla.
El peligro, sin embargo, no era invencible. Un hombre no es un ejército. Acerqueme lentamente a la orilla, miré a la barca y vi a mi marinero dispuesto a pasar bien la noche, abrigado en su capote.
—No hay tiempo que perder —dije—: echémonos encima.
En efecto: de buenas a primeras llegueme a él, y le di un sablazo de plano sobre la espalda. Saltó el maldito gritando:
—¿Quién va?... ¿Qué quiere usted?
—¿Qué he de querer? Pasar.
Al punto reconocí en él a un renegado que había servido con mosén Antón.
—No se pasa —repuso—. ¡Qué modos, hombre! ¿Y quién es usted?