XXV
Avanzando siempre, encontré antes de llegar a Moranchel un obstáculo en que hasta entonces no había pensado; un obstáculo invencible y aterrador, el Tajuña, bastante crecido para que nadie intentase vadearlo. La barca estaba al otro lado, abandonada y sola.
Senteme en una piedra junto al río, y pensé en Dios. Al punto vino a mi memoria la Caleta de Cádiz y mi habilidad natatoria. Extendí la vista por la superficie del agua; agitome una bullidora inquietud, y aquella fuerza secreta que me impelía a seguir adelante, redoblose en mí. Pensarlo era perder el tiempo. Arrolleme el capote en torno al cuello, abandoné la escopeta, y cogiendo el sable entre los dientes me lancé al agua.
Los primeros pasos en ella me dieron esperanza; pero al poco rato sentime transido de frío: mis pies fueron dos pedazos de inmóvil hielo, mis piernas rígidas no me pertenecían, y en vano se esforzaba la voluntad en darles movimiento. Aquella muerte glacial invadía mi cuerpo, subiéndome hasta el pecho. Tendiendo la vista con angustia a las dos orillas, vi más cerca aquella de donde había partido; mis brazos remaron en el agua para acercarme a ella: hice esfuerzos terribles; pero no podía llegar, porque la corriente me arrastraba río abajo; además, la masa de agua profunda me chupaba hacia adentro. Recordando, sin embargo, que la serenidad es lo único que puede salvar en tales casos, me esforcé por adquirir tranquilidad y aplomo. Felizmente aún podía disponer de los brazos: trabajé poderosamente con ellos; pero aquella orilla no se aproximaba a mí tanto como yo quería. Por fin, ¡Dios misericordioso! una rama que besaba las aguas estuvo al alcance de mí. Agarrándome a aquella mano del cielo que me salvaba, pude al cabo pisar tierra. Había perdido el capote en el agua, y me moría de frío en la misma ribera de donde partí.
A pesar de tan horribles contratiempos, la tenacidad de mi propósito era tan grande, que aún creí posible seguir mi camino. Sin embargo, mi estado era tal, que si no me guarecía bajo techo, estaba en peligro evidente de perecer aquella noche. Y la noche venía a toda prisa, lóbrega, húmeda, helada, espantosa. Miré en derredor, y no vi casa, ni cabaña, ni choza, ni abrigo. Estaba desamparado, completamente solo en medio de la Naturaleza irritada contra el hombre. Todo en torno mío tendía a exterminarme, y no podía considerar sino que aquel suelo, aquel viento, aquellas pardas nubes venían contra mí.
Otro hubiera cedido; pero yo no quería ceder. Tenía delante el aparato formidable de la Naturaleza y de las circunstancias, que me decían: «De aquí no pasarás»; mas ¿qué vale esto al lado del poder invencible de la voluntad humana, que cuando da en ser grande, ni cielo ni tierra la detienen?
Corrí para vencer el frío; pero las articulaciones me lo impedían con agudo dolor. Procurando animarme, hablé conmigo en voz alta y canté, como los niños cuando tienen miedo. El sonido de mi propia voz me halagaba en aquella soledad horrorosa, y a ratos sentía no ser dueño de mi pensamiento. Corriendo en diversas direcciones, vencí un poco el frío; pero las ropas empapadas no querían secarse. Me parecía que llevaba todo el Tajuña encima de mí.
Después que cerró completamente la noche, sentí ruido de voces.
«Gracias a Dios que está habitado el planeta —dije para mí—. El género humano no ha concluido.»
Las voces sonaban del otro lado del río hacia la barca.