Pero yo no me cuidaba de contestarle, y recogiendo del campo de batalla un sable, dos buenas pistolas y una escopeta, monté en el caballo que me pareció mejor. En el mismo momento agolpose la gente del lugar en la portalada del corralón, y mirando todos con espanto hacia lo alto del camino, decían:
—¡Los franceses, los franceses!...
En efecto: venían en la misma dirección que yo había seguido; pero no eran dos ni tres, sino más de cincuenta. No quise detenerme a contarlos, y picando espuelas lancé mi caballo a toda carrera por el camino abajo en dirección a Cifuentes.
—Cuatro leguas largas hay de aquí allá —decía para mí—. Aunque el caballo está cansado, podré recorrerlas en dos horas. Esos que entraban en Algora cuando yo salía, deben ser Santorcaz y algún destacamento que le acompañe. Llegaré antes que ellos a Cifuentes, y podré, si no ponerlas en salvo, al menos prevenirlas. Vuela, caballo, vuela.
Pero el caballo, desobedeciendo mis órdenes, no volaba, y un cuarto de hora después de la salida, ni siquiera corría medianamente. Al fin dio en la flor de pararse, insensible al látigo, a la espuela y a los denuestos, y solo con blandas exhortaciones podía convencerle que me llevase al paso y cojeando. Mi ansiedad era inmensa, pues temía verme alcanzado y cogido por los franceses, que castigarían inmediatamente en mí la escapatoria de Rebollar y la diablura de Algora. Apenas había andado una legua después de hora y media de marcha, cuando llegué a un caserío donde ofrecí cuanto llevaba (la suma no era ciertamente deslumbradora) si me proporcionaban un caballo; pero todo fue inútil. Imposibilitado de marchar con rapidez, seguí, resuelto a abandonar la cabalgadura y a internarme en el monte, en caso de que me viera en peligro de caer en manos de los que venían detrás.
Era cerca de media tarde, cuando sentí el trote vivo del destacamento que había entrado en Algora mientras yo salía: hundí las espuelas a mi caballo; mas el pobre animal, que apenas podía ya con el peso de su propio cuerpo, dio con este en tierra para no levantarse más. A toda prisa me aparté del camino. Cuando pasaron cerca, sorprendiéronse de ver el animal en mitad del camino; algunos sospecharon que yo estaría oculto en los alrededores, y les vi abandonar la senda como para buscarme; pero sin duda no faltó entre ellos quien creyese más oportuno seguir camino adelante, y, en efecto, siguieron. Distinguí perfectamente a mosén Antón.
Después de este suceso perdí toda esperanza. Ya no podía llegar a tiempo a Cifuentes. Mi desesperación y rabia eran tan grandes, que eché a correr camino abajo deseando seguir a los jinetes. Mi sangre hervía, mi corazón iba a estallar, rompíase mi cerebro en mil pedazos y el sofocado aliento me ahogaba. Arrojeme en el suelo, maldiciendo mi suerte, y evocando en mi ayuda no sé qué potencias infernales. Mis ojos distinguían por todos lados inmenso horizonte, y en toda aquella tierra no había un caballo para mí. Fijé la vista en el fango del camino, y todo él estaba lleno de las huellas que deja la herradura. ¡Tanto animal yendo y viniendo, y ni uno solo para mí!
Aun entonces conservaba alguna esperanza.
—Ellos se detienen mucho en los pueblos —me dije—. Beben y comen en todos los mesones. Si se detuvieran más de tres horas en otra parte, quizás no lleguen a Cifuentes hasta la noche. De aquí a la noche bien pueden andarse cuatro leguas. Ánimo, pues.
Seguí adelante. En el camino unos pastores dijéronme que el Empecinado y D. Vicente Sardina habían pasado muy de mañana por la sierra y que caminaban hacia Yela. Pregunteles por los atajos que podrían llevarme más pronto a Cifuentes; pero sus noticias eran tan vagas, que juzgué oportuno seguir por el camino para no perderme.