—Eres un mandria, Blas —repuso la señora Bárbara—. Si les hubieras echado en el vino esos polvos que te dio el boticario para los ratones, reventarían todos, sin necesidad de hacer aquí una carnicería. Te veo yo muy agabachado, Blas... Ea, tengamos la fiesta en paz.

—Señor oficial —me dijo Perogordo—, lo mejor será que usted y los suyos salgan al camino para esperar fuera a los franceses.

—Sr. Perogordo —repuse—, haré lo que me convenga para acabar con ellos. Tienen magníficos caballos que nos hacen mucha falta.

—¡Qué bien parlado! —exclamó la posadera—. Estos tres que están bajo la ventana grande, parece que están pidiendo el agua del Santo Bautismo. Voy allá.

Y diciendo y haciendo, la diligente, y más que diligente, patriota señora Bárbara, corrió a la habitación inmediata, y empuñando las asas de un enorme caldero de agua caliente, que poco antes había subido, vaciolo por la ventana sobre los cuerpos de los franceses, que a pesar del frío no recibieron con agrado aquel sistema de calefacción. Oyéronse gritos horribles; relincharon con espantoso alarido los caballos, y en el mismo instante, mi gente empezó a hacer fuego desde las ventanas altas, mientras Doña Bárbara, su hija y la criada arrojaban con esa presteza propia de mujeres feroces, ladrillos, piedras y cuanto habían a la mano.

—Cese el fuego —grité furioso—; abajo todo el mundo. Atacarles cuerpo a cuerpo.

Corrimos abajo y la emprendimos con los imperiales, embistiéndoles con tanta energía, que no pudieron resistir mucho tiempo. Además de que la sorpresa les desconcertó, tres de ellos habían quedado incapaces de defensa, con el horrible sacramento administrado por la atroz posadera. Los caballos les estorbaban dentro del corralón. Alguno echó pie a tierra y nos recibió a sablazos, descalabrando con fuerte mano a todo el que se acercaba; pero al fin pudimos más que ellos, porque la gente del pueblo acudió con hoces y azadas, y la señora Bárbara con su hija se dio la satisfacción de arrastrar a uno hasta el brocal del pozo, arrojándole dentro, sin duda para curarle con agua fría las heridas ocasionadas por la caliente.

Cuatro de ellos huyeron, corriendo a uña de caballo, y los demás o quedaron fuera de combate, o se dejaron maniatar para permanecer allí como prisioneros de guerra, bajo la vigilancia de la señora Bárbara.

Perogordo se me acercó después del combate, y con gran aflicción me dijo:

—Señor oficial, ¿y quién me paga el gasto? Esa loca de mi mujer tiene la culpa de todo. Detrás de estos franceses vendrán otros, porque ahora dominan en el país, y ¡pobre casa mía!