—No; pero su mujer es capaz de cualquier cosa.

Algunos, considerando altamente peligrosa la hazaña, no querían seguirme. Pero al fin, echándoles en cara su cobardía, pude convencerles, y desviándonos del camino nos metimos en el pueblo por las callejas del norte, acercándonos sigilosamente a la posada y al molino del Sr. Perogordo. Entramos por una puerta excusada que nos condujo a la cocina, y desde allí subimos a la parte alta del edificio para explorar las fuerzas enemigas y escoger posición. Miraba yo hacia el patio por un ventanillo abierto en la alcoba de la señora Bárbara, esposa de Perogordo, mientras los compañeros aguardaban mis órdenes en la pieza inmediata, cuando sentí que por detrás me tiraban del capote. Al volverme, vi a la señora Bárbara que en voz baja me dijo:

—¿Se atreven ustedes a mandar al infierno a esos herejes?

—De eso me ocupaba, señora —repuse observando a los franceses que estaban a caballo en el patio, recibiendo el vino que les servía el criado de Perogordo.

—En la cocina —añadió la posadera— tengo un gran calderón de agua hirviendo. Lo puse al fuego para pelar el cerdo que matamos esta mañana; pero voy a rociar con él a esos marranos.

—No se precipite usted —dije deteniéndola—, porque puede malograrse el patriótico pensamiento de arrojar el agua.

—Aquí tiene usted la escopeta de mi marido, el hacha, el cuchillo grande y dos pedreñales.

—¡Magnífico arsenal!

Entró el Sr. Perogordo diciendo:

—Es preciso tener prudencia. Esos condenados me quemarán la casa.