—Nosotros seis —dije contando las filas—. Tenemos buenas armas. Pero ¿dónde están esos señores?

—Acaban de entrar en el pueblo —añadió el mensajero—, y se han metido en la posada junto al molino. Son de caballería.

—Pues ataquémosles, muchachos —exclamé resuelto a todo—. Si hay alguno entre nosotros que prefiera hacer a pie la jornada, que se retire.

—Esto debe pensarse —dijo uno, que era sargento veterano en la partida—. Perico, ¿los has visto tú, o tu miedo?

—¡Los he visto!

—¿Han dejado los caballos y se han metido en la posada para comer y beber?

—No: están en el corralón, todos a caballo, trasegando el tinto. Parece que van a seguir su camino. Son tiradores. Llevan carabina, sable y pistola. Da miedo verles.

—¡A ellos! —grité sin saber lo que decía—. Les quitaremos los caballos.

—Están prevenidos —repuso el sargento—. Pero por mí no ha de quedar. Vamos allá.

—¿El posadero es nuestro? —pregunté.