—Pues vamos todos allá —repuse—. ¿Decís que hacia Cifuentes?

—No: en Cifuentes está el francés.

—De todos modos, amigos míos, yo quisiera que me proporcionárais un caballo.

—¡Un caballo! Por medio daríamos nosotros un ojo de la cara.

—Entremos en esta casa a tomar un bocado.

—¡Muchachos, a correr! —gritaba uno viniendo con precipitación hacia nosotros—. ¡Que vienen, que vienen!

—¿Quién viene?

—Los franceses.

—¿Cuántos son?

—Diez.