—Pero condenado, tragón —decía Santurrias al pobrecito personaje que llevaba en brazos—, ¿no estuviste dos horas en Val de Rebollo, chupando de la señá Gumersinda?... Pues si ella decía que le sacabas los tuétanos... Callas, o te estrello.

—Deme acá, deme acá ese Heliogábalo, señor Santurrias —dijo Viriato alargando los brazos para recoger la carga—. Ven acá, tragaldabas: no hay teta... Comerá usted rancho, si lo hay, y beberá un cuartillo de vino... Un general pidiendo teta... Calla hombre, no toques diana que nos vuelves sordos... Arro, roooo... Ahora llegaremos a un pueblo; sorprenderemos a los franceses, matando unos cuantos, y por fuerza habrá allí otra señora Gumersinda que te dé una mamada... Vamos... es preciso ir dejando esas mañas... Los hombres no maman... Es preciso comer. ¿Para qué quieres esos dentazos?

Después Viriato, arrullando al niño en sus brazos, le adormeció con cantares de cuna; y el guerrillero de dos años, metiéndose ambos puños en la boca para acallar su violento apetito, se durmió. La señá Damiana Fernández vino a pedirnos municiones.

—Señá Damiana —le dijo Viriato—, cargue usted este mostrenco, que antes debe ir en sus brazos que en los míos.

—Una doncella no carga chiquillos —repuso con desdén la guerrillera—; que si entro con él en un pueblo, si a mano viene creerá la gente que es mío. Hay que guardar la honra, Sr. Viriato.

—¿Qué honra? ¡Ay, honradillo está el tiempo! Mal cosida has dejado la sotana del Cid Campeador. Damiana, por Dios, carga un rato este becerro.

—Cuando los eche al mundo los cargaré... Cartuchos, señores; un cartucho por amor de Dios.

—¿El Cid no te los da, pimpolla? Pícaro Cid Campeador... si le cojo...

Estas conversaciones y otras igualmente festivas siguieron adelante; pero no pude gozar de ellas, porque me adelanté llamado por mosén Antón. El cura iba caballero en un gran jamelgo, que parecía, por su gran alzada, hecho de encargo, para que sobre la muchedumbre ecuestre y pedestre se destacase de un modo imponente la tosca y tremebunda estampa del jefe de Estado Mayor. Caballo y jinete se asemejaban en lo deforme y anguloso, y ambos parece que se identificaban el uno con el otro, formando una especie de monstruo apocalíptico. Los brazos larguísimos y negros de mosén Antón dictando órdenes desde la altura de sus hombros; las piernas, ciñendo la estropeada silla, que echaba fuera el relleno por informes agujeros; la sotana partida en dos luengos faldones que agitaba el viento, y que en la penumbra de la noche parecían otros dos brazos u otras dos piernas, añadidas a las extremidades reales del caballero; el escueto cuello del corcel, ribeteado por desiguales crines, que le daban el aspecto de una sierra; su cabeza negra y descomunal, que, moviéndose a compás de las patas, parecía un martillo hiriendo en visible yunque; el son metálico de las herraduras medio caídas, que iban chasqueando como piezas próximas a desprenderse, todo esto, que no se parecía a cosa ninguna vista por mí, se ha quedado hasta hoy fijamente grabado en mi memoria.

IV