—A estos barbilindos que ha traído usted —me dijo mosén Antón, mirando hacia abajo como quien está en lo alto de una torre—, ¿se les puede confiar una comisión delicada?
—Sí, mi Coronel —respondí—. Ya saben lo que se hacen.
—Una comisión delicada —repitió—: por ejemplo, tapar la salida de un pueblo, poniéndose como muralla de carne desde una casa a otra.
—Haremos todo lo que se nos mande, pues para eso hemos venido.
Mientras esto hablábamos miré al jefe de la partida, el cual, con las manos cruzadas sobre la barriga, aflojadas las riendas del caballo y dejándole marchar pausadamente, se había sumergido en beatífico sueño. Despierto, vigilante, inquieto como un sabueso que adivina la presa, mosén Antón escudriñaba con sus ojos de buitre el estrecho horizonte del valle por donde caminábamos y las cercanas colinas.
Habíamos comenzado a descender, y a nuestra izquierda el cielo empezaba a teñirse de rosa y oro pálido, anunciando el cercano día. Las crestas de los cerros irregulares, cuyas siluetas semejaban, cuál un perro dormido, cuál un pellejo de vino, principiaban a aclararse, dejando ver desparramados caseríos, manchas de carrascales, olmedas y grupos de colmenas.
—Quiero saber otra cosa —me dijo mosén Antón inclinándose de nuevo sobre mí, como un picacho próximo a desprenderse—. En caso de entrar en combate las tropas regulares que manda usted y su amigo, ¿deben batirse por separado o mezcladas con mi gente?
—Creo que de una manera u otra lo harán bien. Mezclándolas se evitan las envidias y la rivalidad, que siempre existe entre la tropa de ejército y la voluntaria.
La cara de mosén Antón se contrajo de un modo especial, indicando disgusto.
—Ya, ya comprendo lo que mi coronel desea —dije con viveza, y era verdad que lo comprendía—. Lo que mi coronel quiere es precisamente que exista esa rivalidad y emulación. Ahora caigo en que lo mejor es hacerles pelear por separado para que unos se estimulen con el ejemplo de los otros, si hay diferencia en el modo de combatir.