—Muy bien, señor oficial —repuso con satisfacción—. Veo que usted tiene todo el saber militar en la punta de la uña.
Llegamos a lo hondo de un estrecho barranco, y la partida hizo alto. Mosén Antón dispuso que se guardase el mayor silencio, y D. Vicente Sardina despertó exclamando:
—¿Qué hay? ¿Hemos dado con los franceses? ¡A ellos!... ¡Que se escapan!... ¡Viva Fernando VII, muera Napoleón!
—Despabílese usted, hombre —dijo entre veras y burlas el cura—. Aquí no se ven franceses más que en sueños.
—¿Acaso yo dormía...?
—No, velaba.
—Eso es un insulto, mosén Antón... ¡Sostener que el jefe de la partida dormía, cuando!... Si se me cerraron los ojos fue porque estaba recapacitando sobre la bobería y descuido de esos tontos de franceses que se dejan sorprender...
—Silencio —dijo el jefe de Estado Mayor bajándose del caballo—, voy a hacer un reconocimiento.
—Sí —indicó con burlona malignidad Sardina—. Puede que detrás de aquella peña esté el general Gui con 20.000 hombres... Pero si no me engaño, tras aquel muro arruinado se ve el sombrerito de Napoleón. Gran presa hemos hecho... Lo menos caen hoy en nuestras manos 50.000 gabachones.
—Descabece usted otro sueño —dijo Trijueque.