Vimos, en efecto, el camino real de Aragón, que serpenteaba entre el arroyo y la montaña de enfrente, siguiendo las sinuosidades del angosto valle.
—Todos esos cálculos —dijo Viriato— son admirables, y demuestran el consumado talento de vuecencia. ¡Y dice mosén Antón que no ha estudiado lógica!... No puede ser. Lo que hay de malo en esto, es que por de pronto esas ingeniosas previsiones han resultado fallidas, porque yo estoy ciego de tanto mirar, y no veo franceses en Grajanejos.
Mosén Antón no decía nada, y miraba atentamente a los extremos visibles del valle y a las suaves colinas que enfrente teníamos. En su rostro se pintaba una ira reconcentrada y profunda; apretaba las mandíbulas; fruncía el ceño, haciendo culebrear las cejas negras y espesas como dos bigotes, y el resoplido de su aliento no discrepaba en fuerza y calor del de un caballo.
He dicho que se había tendido de barriga, con las palmas de las manos en tierra y los codos en alto, en actitud muy parecida a la de los cigarrones cuando se disponen a dar el salto. De súbito, mosén Antón saltó todo lo que puede saltar un hombre en tal postura: levantose en pie, extendió los brazos, lanzaron las cavidades de su pecho un graznido de ave de rapiña, brilló el rayo en sus ojos, y señalando a la derecha hacia el punto donde desaparecía el valle formando un recodo, exclamó:
—¡Los franceses, ahí están los franceses!
No vimos nada; pero oímos un rumor vago y lejano, que acrecían con sus hondos ecos las angosturas del valle. Era ruido de caballos, de gentes de armas; el ruido a ningún otro parecido de un ejército que se acerca.
—¿No lo dije? ¿No lo dije?... ¿Me he equivocado alguna vez? —gritaba mosén Antón desfigurado por el júbilo, con toda su persona descompuesta y alterada, cual máquina que se va a desengranar—. Cogidos, cogidos en una ratonera. Ni uno solo escapará... Lo que pensé, lo mismo que pensé: pasaron el Henares por Carrascosa, subieron a los altos de Miralrío, vadearon el Vadiel, y han cogido el camino real en Argecilla... Todo esto lo estaba yo viendo anoche, señores; lo estaba viendo como se ve un cuadro que uno tiene delante.
Agitaba los brazos, sacudía las piernas y ponía en movilidad espantosa todos los músculos de su rostro, asemejándose a Satanás cuando padece un ataque de nervios, si es que el ministro de la eterna sombra experimenta iguales debilidades que las damas del mundo visible; desenvainaba su sable, volvíalo a envainar, frotábase las anchas manos con tal presteza, que causaba asombro que no despidieran chispas; se acomodaba en la cabeza el mugriento pañizuelo y la gorrilla, se apretaba el cinto y profería vocablos ya patrióticos, ya indecentes, mezclados con blasfemias usuales y aforismos de guerra.
Las avanzadas de los franceses aparecieron en el camino real.
—¡Con cuánta confianza vienen! —dijo mosén Antón—. Esos bobalicones no aprenden nunca. No flanquean la marcha. ¿Ven ustedes columnas volantes en las alturas?