—Por este lado —dijo Viriato— se ven brillar algunos cañones de fusil.

—Retirémonos abajo —dijo Trijueque—. Dejémosles entrar tranquilamente en el pueblo.

Poco después de esto, la partida marchaba despacio y con orden admirable por una senda de escasa pendiente, que conducía, faldeando el cerro en repetidas vueltas, al lugar de Grajanejos. Mosén Antón dispuso que una parte de la fuerza se escondiese en el carrascal, adelantándose con toda precaución para no ser vista ni oída. El resto marchó adelante.

—Mucho silencio —dijo Sardina—, mucho silencio. Cuidado no se escape algún tiro... Al que respire fuerte, le fusilo.

Cuando esto decía, oyose un chillido prolongado y lastimero. Era el Empecinadillo que pedía la teta.

—Si ese condenado chiquillo no calla —exclamó mosén Antón con furia—, arrojarle al barranco.

El Empecinadito, extraño a la estrategia, seguía gritando. El jefe de Estado Mayor, que llevaba del diestro a su caballo, se detuvo ciego de ira, y repitió:

—¡Arrojarle al barranco! ¿No hay quien tape la boca a ese trompetero de mil demonios?

El Sr. Santurrias se esforzó en hacer callar al pobre niño; mas no le convencían los argumentos empleados, ni aunque se le dijo «que te va a comer mosén Antón» se resignó a la obediencia que el grave caso requería. Al fin creo que taparon su boca o sofocaron sus gritos envolviéndole en sus propios abrigos, con lo cual se libró por aquella vez de ser arrojado al barranco en castigo de sus escandalosos discursos.

D. Vicente Sardina, de acuerdo con su segundo, dispuso que los de la izquierda de la senda nos adelantáramos con objeto de cortar la salida del pueblo por el camino real en dirección opuesta a aquella por la cual entraban los franceses.