—No me fío de estos señoritos —dijo mosén Antón al vernos partir—. Que vaya el Crudo con ellos. ¡Crudo, Crudo!
Presentose un guerrillero rechoncho y membrudo, bien armado y que parecía hombre a propósito lo mismo para un fregado que para un barrido en materia de guerra.
—Crudillo —ordenó el jefe—, a ti y a estos señores os toca cortar la salida por abajo. Lleva cien hombres de lo bueno. Apretar de firme.
Reforzados por la gente del Crudo, que era de lo mejor que había en la partida, emprendimos la marcha por un suave declive que nos condujo a las inmediaciones del camino real por el mediodía del pueblo. Los otros, al hallarse próximos y con la ventaja que les daba su excelente posición en lo alto, atacaron a un pequeño destacamento francés que avanzó a reconocer la altura, mientras el resto de la fuerza enemiga descansaba en el pueblo. Esta conoció al punto que había sido sorprendida, y pensando en defenderse ocupó precipitadamente las casas. Los de la partida les atacaron, no solo con brío, sino con plena confianza por la fuerza moral que la sorpresa les daba, y los franceses se defendían mal a causa de la turbación, del cansancio y la estrechez del lugar en que se habían metido.
Después de un breve combate, los enemigos comprendieron que no tenían otra salvación que la fuga por la carretera abajo, o bien por la misma dirección de Argecilla que habían traído en sentido contrario. Muchos intentaron escapar por donde estábamos; pero viendo bien guardada la salida y divisando hacia aquella parte uniformes de ejército y hasta veinte caballos, que en su atolondramiento se les figuraron doscientos, creyeron que todo el segundo ejército, al mando de D. Carlos O’Donnell, se había corrido desde Cuenca a tomar el camino de Aragón, y optaron por la salida opuesta. El barullo y confusión que esto produjo en sus azoradas tropas fue tal, que Don Vicente Sardina, con su gente escogida, acuchilló sin piedad y sin riesgo a muchos infelices que no hacían fuego ni tenían alma y vida más que para buscar entre el laberinto de callejuelas el mejor hueco que les diera salida de tal infierno.
Algunos que advirtieron la imposibilidad de retroceder sin ser despedazados en la pequeña plaza, arriesgáronse a abrirse camino por el mediodía, y vimos que se nos echó encima regular masa de caballería, cuya veloz carrera y varonil decisión nos hizo temblar un momento. Habíamos ocupado la casa del portazgo, y en el breve espacio de tiempo de que dispusimos habíamos amontonado allí algunas piedras, ramas y troncos que encontramos a mano. Se les hizo fuego nutrido, y cuando los briosos caballos saltaban relinchando con furia por entre los obstáculos allí mal puestos, el Crudo lanzose con los suyos, quién a la bayoneta, quién esgrimiendo la navaja, a dar cuenta de los pobres dragones. Estimulados por el ejemplo, corrimos los demás y pudimos detener el empuje de los caballos y desarmar los infantes que tras ellos corrían. Duró poco este lance; pero fue de los de cáscara amarga, y en él perdimos alguna gente, aunque no tanta como los enemigos. Bastantes de estos murieron, y excepto dos o tres que fiados en la enorme bravura de sus caballos lograron escapar, todos los vivos fueron hechos prisioneros.
Cuando presentamos nuestra presa a Don Vicente Sardina y a mosén Antón, que estaban en la plaza dictando órdenes para asegurar la victoria, ambos nos felicitaron con calor.
—Es preciso pegar fuego a este condenado Grajanejos —dijo mosén Antón—. Es un lugar de donde salen todos los espías de los franceses.
—Quemarle, no —repuso Sardina con benevolencia.
—Eso es, eso es —dijo con arrebatos de destrucción el jefe de la caballería—. Mieles y más mieles. Así los pueblos se ríen de nosotros. En Grajanejos han tenido los franceses muy buen acomodo, y se susurra que de aquí han sacado ellos más raciones en un día que nosotros en un mes.