—No se hable más de eso —dijo Sardina—. El pueblo no será quemado. ¿Para qué? No rebajemos la gloria de esta gran jornada con una atrocidad. Gran día ha sido este... Bien sabía yo que los franceses habían de venir aquí... Mosén Antón, nada de quemar. Mande usted saquear el lugar, y al vecino que oculte algo tirarle de las orejas...

—Señor Mosca Verde —dijo mosén Antón a un guerrillero que venía a recibir órdenes—. ¿Cuántos prisioneros tenemos?

—Sesenta y ocho he contado ya. Entre ellos un coronel.

—Es demasiada gente —repuso el cura—; sesenta y ocho bocas a las cuales es preciso dar pan. Sr. Sardina, ¿doy la orden de quintarlos?

—¿Para qué? —dijo el jefe—. Dejémosles las vidas, y los entregaremos sanos y mondos a D. Juan Martín para que haga de ellos lo que quiera... ¿Pero no hay en este infernal pueblo un poco de chocolate?... ¡Sr. Viriato de mil demonios!... que siempre ha de desaparecer el tuno de mi ayudante cuando más lo necesito...

—Aquí estoy, mi general —gritó Viriato que venía corriendo con una sarta de chorizos en la mano—. ¿Pedía vuecencia chocolate? Ya lo he mandado hacer para vuecencia y mosén Antón.

—Yo —dijo este— tengo bastante para todo el día con un pedazo de pan y queso, señor Viriato; o si no, dadme uno de esos chorizos y buscadme un zoquete que lo acompañe... Si todos fueran tan sobrios como yo... Repito que será preciso quintar a los prisioneros, si nuestra gente ha de tener ración para tres días.

—Mando que no se fusile a ningún prisionero —dijo Sardina—. ¿Se niegan los vecinos a dar lo que tienen?

—No, señor —respondió Mosca Verde—. No se niegan, porque como no dan, sino que lo tomamos... Algunas arcas repletas de pan y queso y miel se han encontrado.

—¿Ha muerto alguna gente dentro de las casas?