—Nada más que el tío Genillo, el albéitar, que está clavado en la pared como un murciélago.
—Pero ese chocolate, ese chocolate... Señor Viriato, ¿sabe usted que tengo más hambre que seis estudiantes juntos?
Presentose de improviso Santurrias, diciendo:
—Mi general, hemos encontrado al fin una mujer con cría; pero no quiere dar de mamar al Empecinadillo.
—¡Qué alevosía, qué desacato! —exclamó mosén Antón—. Que la fusilen al momento.
—Venga acá esa señora, y yo la haré entrar en razón —dijo con benevolencia Sardina—. Este Trijueque quiere fusilar a todo el género humano.
El Cid Campeador, la señá Damiana y otro guerrillero trajeron casi a rastras a una mujer joven y hermosa, la cual, clamando al cielo con lastimeros gritos, se esforzaba en desasirse de los brazos de aquellos bárbaros.
—Aquí está, aquí, mi general, la mala patriota, la afrancesada.
—Señora —dijo mosén Antón mirando a la buena mujer con fieros y aterradores ojos—, ¿no sabe usted que la hacienda del buen español ha de ponerse a disposición de los buenos servidores de la patria y del Rey?
—La hacienda, sí; pero no los pechos —repuso la mujer con varonil denuedo.